Recuerdo en el instituto que a veces cuando me aburría en clase o no tenía nada que hacer, doblaba una hoja de cuadrícula a la mitad y escribía. Y escribía y escribía. Todo lo que se me ocurría. Historias, relatos, canciones, poemas, amagos de novelas… Recuerdo cuando hasta hace nada escribía absolutamente todo lo que se me pasaba por la cabeza en mi diario.

¿Y ahora? ¿Qué pasó?

Parece que ha dejado de llover.

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Gracias

Gracias por echarme de tu vida. Gracias por regalarme tiempo para dedicarme a mí misma y a los que de verdad me quieren.

Pero podrías haberme regalado ese tiempo junto con un manual de instrucciones sobre cómo olvidarlo todo. Cómo no recordarte. Cómo empezar de cero y borrar todo rastro que pueda haber quedado de ti.

Porque no puedo invertir nuestro tiempo en otra cosa si tú sigues rondando por aquí como un fantasma.

Así que gracias por echarme de tu vida, tú aún sigues en la mía.

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Contigo se me olvidó la lucha.

Contigo se me olvidaron las apariencias, las mentiras, las malas intenciones. Contigo se me olvidaron el miedo y la vergüenza. Contigo dejé en casa los tacones.

Contigo recordé lo que es reír a carcajadas. Contigo recordé la mejor parte de mí misma. Las cervezas, la idiotez y la ternura de unos ojos que te miran cuando escuchas.

Contigo recordé lo que es amar el arte, un frase, una nota, una mirada. Contigo perdí el odio a despertarme. Contigo perdí el sur; también el norte.

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El único amor en el que creo es en el amor al arte.

“Largo es el arte; la vida, en cambio, corta

como un cuchillo.”

– Ángel González.


A dos semanas de un estreno. Nerviosa no, agobiada. Hasta arriba de trabajos y exámenes por un lado y ensayos por otro. Soy así, no me pongo nerviosa hasta el último momento. Hasta que no oigo al público entrar y sé que tengo que guardar silencio aunque mi corazón suene más alto que las campanas de la catedral.

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Pero esa sensación es maravillosa. El nudo en el estómago, las miradas telepáticas con tus compañeros, los no encuentro esto o lo otro en el último momento. Salir a escena, sentir la respiración del público. Que se asombren contigo, que lloren contigo.

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Ser otra persona por un momento, en otro mundo, en otra piel. Compañeros que en escena se convierten en extraños a los que tienes que conquistar o ignorar o maltratar o suplicar. Sentir esa química que no has conseguido crear en casi ningún ensayo hasta el día de la función. Entonces se apagan las luces, sales a bambalinas -“¡Nunca salgo corriendo del escenario!”- y le dices al otro DIOS, ¿LO HAS SENTIDO? HA SIDO LA HOSTIA. Y os abrazáis durante una milésima de segundo, porque tienes que correr -porque entre bambalinas sí que te pegas unas buenas carreras- a prepararte para la siguiente escena.

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 Llámalo como quieras, pero es amor. Y es la fuerza que mueve mi mundo.

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Lluvia en las pestañas.

Llueve. Llueve y se moja. Se moja entera.

Llueve. ¿Llueve? No. Llora. Llora con angustia, casi no puede respirar. Su corazón parece que se encoge con cada suspiro. Suspiros que terminan en respiración forzada y vuelven a empezar.

¿Por qué llueve? Perdón. ¿Por qué llora? Ambas cosas necesarias.

Una lágrima cae en su jersey de lana blanca. ¿Una lágrima? No. Una gota.

Ahora llueve.

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Verte de lejos.

“Hace frío, tienes miedo,
vuelves al pasado por un momento. 
Hoy la lluvia moja un poco más que ayer”

– Álex Ubago.


¿Sabes esa sensación cuando están a punto de ponerte una vacuna?

Cuando de niño estabas en la consulta del médico con tu bracito desnudo, pidiendo auxilio a tu madre con la mirada, y empezabas a sentir cómo la aguja rozaba tu piel.

Sientes que la habitación da vueltas, se te nubla la vista y se te taponan los oídos. Quieres salir corriendo pero la aguja ya está profundamente clavada, y eso dolería más. No eres capaz de articular palabra, estás paralizado, no puedes respirar.Sabes que estás a punto de desmayarte pero tienes que ser valiente.

Entonces la aguja sale lentamente, desaparece, pero sigue doliendo.

Eso es verte de lejos y esperar ansiosa a que me mires. Y no poder pegarte un grito de sigo aquí. Estar paralizada, mareada, sin respiración.

Eso es ver cómo desapareces lentamente de mi campo de visión y que la aguja siga doliendo.

Pero ya no hay piruleta de consolación.

Me da rabia.

Me da rabia su voz y su forma de mirar sin ver. Sus ojos perdidos en un punto infinito para evitar encontrarse con los míos.

Y su sonrisa, su sonrisa también me da rabia. Me da rabia cuando no es por mí, porque cuando es por mí me da más rabia todavía. Cuando es por mí y me mira con esos ojillos verdes durante cinco segundos hasta que los dos volvemos a ser los de siempre.

Me da rabia cuando le cazo mirándome al punto fijo de mis pupilas y entonces vuelve al infinito.

Y sus manos, sus manos son lo que más rabia me da. Esas manos morenas y duras. Esas manos que hace años no he vuelto a tocar, pero que si las miro siento cómo recorren mi piel.

Me da rabia sólo durante los cinco segundo en los que nuestros pasados vuelven a ser uno mismo.

Porque durante el resto del tiempo me da más rabia todavía.

Muerto el amor, se acabó el odio.

¿Qué se supone que tengo que hacer ahora con todo esto que siento? ¿Dónde se supone que tengo que meter todo el amor que no me has dejado darte?

“Yo nunca te he dicho que estuviera enamorado de ti.”

Hay que joderse.

Ni siquiera me has dejado fuerzas para escribir. Llevo dos horas mirando el folio en blanco en la pantalla de mi ordenador.

Antes, cada vez que pensaba en ti sentía mariposas en el estómago y aunque ya no estuviéramos juntos, rezaba para que esas mariposas nunca desaparecieran. Te quería tanto, tanto, que temía perder cualquier sentimiento que tuviera hacia ti, por mucho que me doliera. Tenía miedo de olvidarme de ti demasiado pronto y que entonces tú te dieras cuenta de que debíamos estar juntos y fuera demasiado tarde. Ahora cada vez que pienso en ti ya no siento mariposas, siento pirañas nadando en mis entrañas y gritando en mi cabeza que vaya a tu casa, te queme el telefonillo, mate a tu perra y te pegue una paliza. Sí, quizás es esquizofrenia, al fin y al cabo me volvías loca desde el principio.

Es curiosa la cantidad de cosas que puede hacerte sentir una sola persona a lo largo de tu vida. Antes me inspirabas y ahora ni siquiera me salen las palabras para decirte lo cabronazo que eres.

Que ojalá tu amor nunca sea correspondido. Que ojalá sufras como me has hecho sufrir a mí. Que ojalá veas cómo cambio de acera cuando nos vayamos a cruzar por la calle, o cómo te miro en el autobús y no me siento a tu lado como antes, como cuando fingía que no me importaba tenerte al lado y no poder besarte.

Que ojalá no te hubiera conocido nunca, ni me hubiera enamorado de ti, ni hubiera aceptado tu petición de amistad en Facebook. Que ojalá no te hubiera dado mi número porque “Hablamos mejor por WhatsApp, ¿no?”. Que ojalá no vivíeramos a ciento cincuenta metros, ni hubiéramos jugado juntos de pequeños, ni me hubieras echado agua de la fuente en las heridas cada vez que salía volando desde el columpio.

Y que ojalá no te odiara tanto porque eso implica sentir.

Y sentir duele.